Situación Mundial del sector de la Alimentación

Estándar

Es innegable que la alimentación supone la satisfacción de una necesidad de subsistencia básica para las personas. Sin embargo, en el contexto de sistema agrario imperante esta necesidad no se cubre adecuadamente en el caso de miles de millones de personas en el mundo [1], superando los 1.000 millones de hambrientos en 2009 por primera vez en la historia de la humanidad, mientras otros tantos, en los países enriquecidos, sufren los efectos de una alimentación con excesivos aportes de grasas, azúcares y químicos, que conducen a enormes tasas de obesidad, colesterol, diabetes o alergias.

Desde mediados del siglo XX, la llamada “Revolución Verde”, se fomentó la utilización de un paquete tecnológico en el sistema agrícola, basado en el uso de maquinaria, semillas híbridas, fertilizantes y pesticidas que, según prometían, conseguirían acabar con el hambre en el mundo. Sin embargo, a pesar de que la producción de cereales, por ejemplo, se ha triplicado desde entonces, muchos campesinos y campesinas pasaron a depender de un número reducido de empresas trasnacionales que comercializaban estos paquetes tecnológicos, incrementándose las bolsas de pobreza, las crisis alimentarias [2] y la desnutrición en los países del Sur. Como contrapartida, en otras zonas del planeta, en las ciudades occidentales, se tiran diariamente a la basura grandes cantidades de comida en condiciones óptimas para servir de alimento (hasta un 40% en algunos países como Estados Unidos).

La agricultura es la actividad humana que más superficie ocupa en el planeta y causa un importante impacto ecológico asociada a las prácticas agrícolas de monocultivos industriales. Ingentes cantidades de pérdida de suelo fértil, salinización de suelos, contaminación por agrotóxicos y nitratos, despilfarro de agua, generación de residuos plásticos y pérdida de biodiversidad (variedades de semillas locales, razas ganaderas…) son algunos de los graves problemas ambientales que se generan.

Por otro lado, el excesivo y despilfarrador consumo energético asociado a la forma de alimentarse en los países occidentales, basado en gran medida en el uso de combustibles fósiles, tanto en lo relativo al transporte de larga distancia, como en los insumos y maquinaria que necesita la industria, es insostenible. No en vano, el modelo agrícola industrial actual es causante de hasta el 30% de los gases de efecto invernadero responsables de la grave situación de cambio climático, teniendo en cuenta el modelo en su conjunto (fase de producción, procesamiento, conservación, transporte, distribución y consumo y generación de residuos).

Otro grave peligro lo encontramos en la ingeniería genética que permite producir cambios en el ADN de los seres vivos, al margen de los mecanismos que regulan la naturaleza y contraviniendo el principio de precaución, ya que son imposibles de carácter irreversible. Así la introducción de variedades agrícolas de organismos modificados genéticamente (OMG o transgénicos), que en ningún caso suponen mayor productividad, tolerancia a la sequía o incremento de propiedades nutritivas, pero de efectos imprevisibles para la dinámica de los ecosistemas, la salud de las personas y la soberanía alimentaria [3] de los pueblos. Un nuevo ataque a la sostenibilidad planetaria y justicia social que incrementa el enriquecimiento y concentración de poder de unas pocas multinacionales del sector biotecnológico.

Para la población rural, que mayoritariamente se dedica a la agricultura y ganadería, la soberanía alimentaria es cuestión de ser o no ser, de supervivencia o miseria, dado de expolio de recursos, pérdida de derechos laborales y competencia desleal que imponen las reglas de mercado, acuerdos internacionales y fenómenos especulativos que controlan las grandes corporaciones.

Las pautas de consumo de alimento se han modificando según la población se han ido concentrando en las ciudades. La falta del tiempo y el alejamiento de la cultura agraria, lleva consigo el incremento de consumo de alimentos procesados y envasados, comida rápida de baja calidad, así como un excesivo aporte de azúcares, grasas y proteínas animales. Todo ello con costes sobre la salud de las personas como evidencian datos como los de tasas de obesidad infantil, incremento de colesterol o alergias.

Por otro lado, el excesivo consumo de carne en la dieta de los países centrales, está basada en la ganadería intensiva en estabulación y la extensión de monocultivos para piensos de ganado [4], a costa de deforestación de selvas tropicales, uso masivo de transgénicos, cambio climático e injusticia social. Algunas alertas sanitarias de los últimos tiempos como el caso de las vacas locas, los pollos con dioxinas o la gripe aviar son el resultado de un manejo de ganadería industrial que manifiesta un riesgo importante para la salud de las personas.

La gran distribución comercial (supermercados, hipermercados, cadenas de descuento) ha experimentado en los últimos años un fuerte proceso de expansión, crecimiento y concentración económica. Un modelo productivo que induce a la uniformización y a la estandarización alimentaria, que abandona el cultivo de variedades autóctonas en favor de aquellas que tienen mayores ventajas siguiendo criterios de mercado a gran escala, abaratando los costes de producción y distribución (a costa de la generación de impactos ambientales, empleo precario y empobrecimiento de poblaciones agrícolas del Sur), aumentando el precio final del producto, a través de intermediarios y procesos especulativos, y consiguiendo el máximo beneficio económico para las multinacionales del agrobusiness. La necesidad de un cambio del modelo alimentario global, ha de producirse a través de cambios sistémicos, que lleven consigo transformaciones verdaderamente radicales que pongan freno a la impunidad de las grandes multinacionales de la alimentación y la gran distribución. En este contexto, campañas de boicot [5] a grandes corporaciones, aunque puntual, puede llevar consigo la visibilización del injusto e insostenible entramado global.

Como alternativa, la agroecología que aúna modernos conocimientos científicos y la revalorización de saberes tradicionales campesinos, atesorados durante generaciones y apegados al territorio. Supone un adecuado manejo de la tierra, con el cierre de ciclos de nutrientes, la eliminación de tóxicos y abonados químicos, el mantenimiento de biodiversidad de variedades autóctona, pero también, y no menos importante, el fomento de la diversidad cultural, los mercados locales, los circuitos de distribución cortos, el mantenimiento de las pequeñas explotaciones y las óptimas condiciones laborales de los productores y productoras. Una forma de reconstruir la producción alimentaria con criterios de sostenibilidad ecológica y soberanía alimentaria. Ante esta situación, en la que los perdedores son los/las agricultores/as y los/las consumidores/as finales, proliferan muchas experiencias alternativas de producción y comercialización de alimentos que fomentan un consumo responsable, sano, sostenible y equitativo, mediante estructuras de participación y acción colectiva.

Ecologistas en Acción, Ingenios de Producción colectiva: Situación mundial del sector alimentación

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